jueves, 25 de agosto de 2016

Apuntes para el Piratilla Valiente -1-



Es más que probable que de momento, mi querido Piratilla Valiente, lo ignores casi todo de los aviones, el Skype, la legalidad y los jerséis de punto de cruz; y a pesar de ello, estas y otras muchas cosas son las que alrededor de tu deseo de vivir se han ido activando, con la espontánea y precisa función de configurar algo parecido a una bienvenida a esta hermosa y desconcertante forma de ignorar a la que llamamos vida.

Enero del 2015.


viernes, 17 de junio de 2016

No hay tiempo ni cielo para mucho más (Taller de Bremen)



  Hay cosas tan livianas que apenas pueden ser contadas; incluso a las palabras más sencillas, esas que suenan mejor, las que tienen más buen corazón, les cuesta adherirse a superficies tan pequeñas, resbalando una y otra vez en sus intentos de alcanzar esas levísimas cumbres de significación. En esas nimiedades inenarrables andan aún enzarzados Bernarda Expósito y Ramón Juneda, compartiendo su hermosa intrascendencia desde el momento en que la bragueta abierta de él hizo que sus caminos se cruzaran.

  Han acumulado días hechos de manteles con migas de pan, de cepillos de dientes gastados, de ropa tendida -acaso la forma más precisa de intentar explicarlos-, de recuento de pequeños agravios, de bolsas de supermercado agujereadas y de resfriados mal curados.  Una vida que parece no necesitar a la vida para ser vivida, como algo que siempre transcurre a un lado de todo lo demás. Sin duda la más terrible pesadilla para cualquier biógrafo.

  De todas formas, un martes sí y otro no -ese insulto mensual que algunos sinvergüenzas insisten en llamar sueldo no les da para más- cenan unos bocadillos y luego van al cine. Ni que decir tiene que siempre les gusta la película, ya que ni el precio de la entrada ni el cansancio del desacuerdo justificarían lo contrario. Luego pasean un rato cogidos de la mano y si alguna noche a la lluvia le da por acudir, abren el paraguas y sonríen como si el guiño de belleza de ese instante los hubiese reconocido. Al llegar a casa -siempre y cuando el sueño acepte esperarse un poco a ser dormido- la excitación de esa pequeña rutina con la que pretenden aliviar la rutina los llevará a follar como lo suelen hacer la buena gente, es decir, con exquisitos modales y con sumo cuidado. Encuentros sexuales más próximos a "Mary Poppins" que a "El último tango en París", pero que suelen propiciar un buenas noches cargado de sinceridad y reconocimiento, de gratitud por ese mutuo regalo que les sirve para rascarse toda la soledad que ya fue y la mucha que sin duda vendrá.

  Cómo no, en ese no suceder está la boca con halitosis del trabajo, esa que día a día, muy despacito, los mastica y los engulle. Ramón Juneda aguantándose las ganas de ir al lavabo por no ensuciar lo que Bernarda tiene que limpiar; Bernarda frotando con meticulosidad la grapadora que acompaña, con asombrosa fidelidad, las absurdas  tareas de Ramón Juneda. Un buscarse, un cuidarse, con la discreción necesaria para evitar las maldades que suelen propiciar esos entornos sucios de sinsentido. No hay tiempo ni cielo para mucho más. 

  Que tarde o temprano Bernarda se irá, eso lo saben los dos. Que se quieren por todo lo que nunca serán, eso solo lo sabe Bernarda. Que el amor y la costumbre comparten armario, eso lo intuye Ramón Juneda y una buena parte del vecindario. Pero de momento el sofá insiste en acoger, noche tras noche, ese prólogo de lo que nadie publicará con una ternura digna de verse. 

  Las zapatillas de estar por casa, el mando a distancia de la tele, una bombilla que a fuerza de ahorrar energía vierte amarilla indiferencia por el comedor, un marco al que le sobra el cuadro, una ventana avergonzada por lo que desde ella se ve, todo parece estar a gusto con ellos y querer configurar una escenografía contenida, expectante, casi respetuosa hacía esa hermosa obra sin texto, hacia ese par de espléndidos comerciales del olvido con descuento.

  Bien pensado, hay cosas tan livianas que apenas pueden ser contadas, pero tal vez sean las únicas que en realidad se merecen el esfuerzo de intentarlo.





domingo, 5 de junio de 2016

Será en los entresijos de lo que ha de suceder (Taller Bremen)



  Amanecerá solo para él, y a nadie se le ocurriría poner en duda que, en el devenir sin fisuras que le espera, esa extraña y firme convicción le seguirá colgando de su espléndida sonrisa. Como nadie dudaría de que las cosas se apretujaran asombradas para verle llegar; que se optimizaran los espacios para darle cabida. Incluso sus calcetines finísimos de hombre eficaz aguardarán como de costumbre en el cajón, con gran alborozo y no menor alegría, el momento de exquisita complicidad en que cubrirán unos pies, los suyos, que a pesar de sus pronunciados juanetes, nunca dejarán de ser pies vencedores.

  Ni que decir tiene que algunas mujeres que aun lo ignoran le esperaran en ese cruce de poder y humedad en el que se suelen encontrar aquellos que nunca se reconocen, ni falta que les hace. Ya llueve en esa mañana espléndida que acogerá todas las saciedades posibles. Una lluvia que tal vez será triste y sucia para casi todos, pero no para él, que seguirá inmune a los claroscuros de cualquier transcurrir,  a los cristales sucios y cansados de los cafés, a las sirenas de las ambulancias y a casi todas las esquinas que, con las manos en los bolsillos, se suelen torcer solo por costumbre, como una levísima impostura, un imperceptible desprecio, ante las cosas que apenas importan.

  Quién sería capaz de prever que bajo esa misma lluvia, acechándolo como un depredador desdentado, alguien, sin motivo alguno, irá al encuentro de ese futuro sin mácula. Será en los entresijos de lo que ha de suceder, que el aturdimiento de una noche sin sueño le impedirá, a ese don nadie hecho de pedazos de algo sin sustancia, descifrar por un instante lo que le gritan las franjas rojas y blancas del paso cebra. Será bajo esa misma lluvia que caerá sin ganas que de pronto oirá el frenazo. Alguien, asombrosamente parecido a él, bajará lívido del coche y quedará atónito ante la postura de un cuerpo que se ira perfilando, aquí y allá, con un viscoso repunte de sangre y derrota.

  Faltará un zapato en ese vulgar horror, y un calcetín finísimo de hombre eficaz, abrazado a su juanete, inaugurará algo muy parecido a una inmensa y risible orfandad, a un preciso e irrefutable desamparo.


viernes, 6 de mayo de 2016

Geometrías cansadas -Taller Bremen-



Daban las diez en el viejo reloj del frenopático, aunque bien podrían haber dado las siete ya que allí el tiempo ya ni se acuerda de cómo transcurrir. De seguir con la misma ficción temporal, se podría decir que hacía más de seis meses que  había ingresado Andrés Capella. Aun lo veo, de pie, en medio de un pasillo cuyas baldosas, con su geometría cansada, definen a la perfección cualquier locura; mirando sin ver lo poco que había a su alrededor; su mano izquierda temblando ostensiblemente, la derecha también. Medio año y, a pesar de todos los tratamientos, ninguna mejora. Preso en su enajenada rutina, emborronando día tras día cientos, miles, de folios siempre con la misma frase: "Me deslizo lentamente, con mi mejor sonrisa, hacia una profunda tristeza". 
Un manto rígido, inamovible, como nieve sin voluntad alguna de deshielo, cubría día tras día su único pensamiento. Una y otra vez escribiendo las mismas palabras, en el mismo orden, y musitando en voz baja, como la absurda plegaria a un Dios desatento, "hay que mejorar, hay que mejorar". Ese era el bucle, la desesperanza en la que se arropaba Andrés Capella. Convenientemente etiquetado, catalogado y profesionalizado, nada ni nadie podía -ni tal vez quería- prever el fondo de ese abismo.
Hasta aquí lo sucedido sería una versión vulgar de lo que suele suceder, otro borrador inacabado de ese pésimo guionista a sueldo de las vidas de tapa blanda. El portazo lo dio Kevin que con sus seis años y sus diez mil rizos deshizo el entuerto entre dos juegos, un vaso roto y algunas risas. 
- Estate quieto y deja ensuciar esos papeles, Kevin. Anda, dale un beso a tío Andres y dile que se mejore. 
Cruzando el folio en diagonal, con letras gruesas y desobedientes, como si todas a la vez hubiesen decidido romper filas, se podía leer: "Me eslizo entamente con i meor tistesa hasia una pofunda sonnrisa".
Fue en el recuento rutinario de ayer, tres de Mayo, a eso de las nueve, cuando se percataron de su ausencia. La cámara de seguridad pudo grabarle saliendo con paso tranquilo y por la expresión de su cara se diría que casi alegre. Nada se ha sabido desde entonces de Andrés Capella, aunque, bien mirado, eso nada tiene de excepcional. ¿Acaso hay alguien que sepa algo de nadie?




miércoles, 20 de abril de 2016

Leve rectificación relacionada con la presentación de "Los días hábiles"...



Hechas las oportunas consultas, y según parece de forma excepcional, este año la Asociación de Amigos del Libro Sin Leer ha decidido que Sant Jordi no caiga el domingo día 24, como mi entrada anterior mentía (ya corregí el gazapo), sino el sábado 23. Ruego a ustedes me sepan disculpar (y más a los que ya están haciendo cola) e insisto: la caseta, el libro, los gemelos y la cola multitudinaria será el sábado 23, y no el domingo (he telefoneado a mi doctora de cabecera y me ha dicho que no me preocupe, a mi edad es normal confundir la noche de Navidad con la verbena de San Juan).

martes, 19 de abril de 2016

Los días hábiles



Érase una vez dos gemelos muy distintos -el uno algo mayor que el otro- que alumbraron, sin saber cómo y a duras penas el por qué, un libro. Al verse obligados, por tradición y costumbre, a ponerle un título, el gemelo mayor decidió que "Los días hábiles" podría ser una buena opción, teniendo en cuenta que los días torpes e inútiles, siendo tan numerosos, no merecían atención ni ternura alguna. Según parece, en dicho libro convivían relatos chiquitos (esos que apretujan una historia, la podan, la exprimen, la depuran, la recortan, la "bonsaizan" y a lo poco que queda le quitan la mitad y luego la publican), con fotografías también chiquitas (esas que apretujan una historia, la aquietan, la adormecen, la recortan, la fijan, la comprimen -o la expanden- y a lo poco que queda no le quitan la mitad, pero tampoco suelen publicarla).
Pues bien, esa tierna criatura recién impresa se presentó en suciedad -tal y como están las cosas, les engañaría si les dijera que quise decir sociedad-, el día de Sant Jordi, siendo algo casual y sorprendente que coincidiese con esa fecha en la que, como todos todos ustedes ya deben saber, la gente suele leerse las rosas y disfruta oliendo los libros.
Solo añadir que para la historia quedaran los diecisiete kilómetros de cola que se configuró para llegar al Portal de Serial -léase caseta- (según parece, los últimos aprovechaban la espera para tomarse un vermut en L'Espinaler, entrañable bar situado en el centro histórico de Vilassar de Mar), así como los veintisiete rotuladores, veinte de color negro y siete de color azul, que fueron necesarios para poder llevar a cabo las dedicatorias -con la justa emoción y contenida lascivia que estas brevedades requieren-, que toda esa expectante multitud les solicitó. 
Es de lamentar que todo y las diecinueve reediciones, hoy en día sea casi imposible conseguir un ejemplar de "Los días hábiles" -coleccionistas e inversores de distintas nacionalidades son los principales responsables-, pero si alguien quiere intentarlo, este sábado, 23 de Abril, en la caseta ubicada en el Paseo de Gracia,  49 -Ediciones Serial-, tal vez les sonría la fortuna y puedan hacerse con alguno (con el aliciente añadido -tomen buena nota- de que el gemelo mayor y el menor parece ser que han confirmado su asistencia).


jueves, 14 de abril de 2016

J.H.Pilates (Taller Bremen)



  En su descargo se podría decir que nada hacía prever el desenlace, pero aún así no fue del todo correcto que J.H. Pilates se lavara las manos. También es cierto que antes de la fatídica clase, Brian había quedado con sus doce amigotes -en realidad once y el cabroncete de siempre- y que el cocido con todos los anexos correspondientes, la pierna de cordero y la crema de Judea con nueces, no era manjar adecuado para practicar ningún tipo de estiramientos en los treinta días siguientes. Eso por no hablar de la generosidad y rapidez con que las jarras de vino vaciaron su alma en la de los comensales y la mala leche del propietario del chiringuito al servirles como digestivo queroseno de color verde manzana.

  Pero ni esa imprudencia gastronómica, ni el hecho conocido por todos de que la elasticidad de Brian no le permitía rascarse los huevos sin forzar las cervicales, justifica que esa tarde a J.H.Pilates le diera por llevar las cosas hasta ese extremo. Tampoco parece que fuera una excelente decisión colocar, a derecha e izquierda del congestionado Brian, a un par de alumnos -el mejor y el peor de la clase- para propiciar las siempre odiosas y eternas comparaciones. Eso por no hablar de la bromita, muy parecida a una maldad, de proponer al grupo, un poco antes de que se escuchara el terrible crujido, si preferían que descoyuntase al bueno de Brian o al malo de Blas. Y es que una cosa es "posturear" un poco para desperezar la musculatura y otra muy distinta es hacer que esta abandone para siempre el hueso, se desentienda de los tendones y rompa definitivamente las obligaciones, usos y costumbres que hasta la fecha llevaba a cabo en esa agrupación de quehaceres que conocemos como cuerpo.

  No ha de sorprender a nadie que el tema, ya de por sí confuso y propicio al desacuerdo, ande ahora en manos de las dos justicias, la divina y la humana. Según parece ambas coinciden en la extrema lentitud de sus correspondientes procesos y en condenar enérgicamente a J.H.Pilates. En lo que no ha sido posible llegar a un mínimo acuerdo es en el tipo de pena. La divina insiste en que sea cadena perpetua aderezada con las brasas y molestias habituales; la humana, siempre más propensa a  la crueldad innecesaria, solicita que se le condene a contemplar, tres veces al día, un video de media hora en el que se reproduce, en formato bucle, a Jose María Aznar riéndose.

  En lo que al pobre Brian se refiere, ya ha perdido la cuenta de los años que lleva inmóvil, en esa postura que le imposibilita abrazar, rascarse, señalar y ni siquiera parar un taxi. En unas declaraciones que hace un par de meses hizo para la cadena Disney Channel, y que no llegaron a emitirse por considerarse levemente  irreverentes y decididamente rencorosas, afirmaba, entre otras cosas, que el único consuelo que le queda es que su desgracia sirva para que la gente aprenda a no estirar más el brazo que la manga; que lo importante no es llegar más lejos, sino alejarse más de los que llegan; que ha recibido algunas ofertas para hacer publicidad de desodorantes y que las ha rechazado; que perdonaría a J.H.Pilates pero no sabe cómo cambiar de postura; que quien mucho abarca  suele padecer distensiones; que más vale la mano en el pájaro que cien cruces volando. Divagaciones que a menudo suele aderezar con un: ¡Dónde coño andará mi padre!